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Archivo para mayo 9, 2011

Usigli: el gesticulador

El dramaturgo

El dramaturgo

Fiel a su concepción de que lo más importante del hecho teatral es el conflicto, Rodolfo Usigli representó en El gesticulador, acaso el más grande que acucia al ser nacional: la simulación.

Si el engaño es una actitud ética condenable, tanto en la vida pública como en la privada, la obra muestra el grado en que la primera puede influir en la segunda. Es decir, la forma en que en México las prácticas políticas conforman la moral de las personas haciéndolas actuar a partir de premisas equívocas, si bien explicables por el contexto y las circunstancias sociales en que ocurren.

Así, el autor coloca a sus personajes realizando acciones ante las que el público queda enfrentado mediante una pregunta imaginaria, pero nada retórica: “¿Y usted qué haría?”.

La tensión dramática no sólo está dada por ese recurso que pone en jaque la conciencia personal del espectador, sino porque, sin llegar a constituir un planteamiento psicologista, nos muestra en escena la evolución moral de los personajes y cómo van quedando atrapados, aun a despecho de su propia voluntad, en la invisible red de complicidades, valores entendidos y mascaradas mediante los que el llamado sistema político conforma y manipula el imaginario popular, sus anhelos y nos salpica con los tentáculos de la corrupción.

La anécdota es conocida:

César Rubio –un maestro universitario poco valorado, a pesar de su profundo conocimiento de la revolución mexicana– se muda con su familia al norte de México.

Presionado por su esposa (Elena) y por sus hijos (Julia y Miguel) quienes lo consideran un fracasado, decide, contra el deseo familiar, abandonar la ciudad de México y probar suerte en su pueblo natal donde está seguro que cambiará su vida.

El hijo, una especie de conciencia crítica del padre, está obsesionado con la búsqueda de la verdad, pues se dice cansado de la simulación en que han vivido en la capital tratando infructuosamente de ocultar su condición de pobres, reprocha al progenitor los motivos “inconfesables” del viaje: ingresar a la política local valiéndose del conocimiento que tiene de las transas de los políticos de la región.

Desde el principio asistimos al drama de una familia que rumia su pobreza y culpa al padre de sus propios fracasos, pues Miguel es un estudiante mediocre que nunca consiguió nada en la universidad y Julia, una joven que se considera fea e incapaz por ello de retener el amor de su vida.

Se trata de una familia enfrentada, inconforme consigo misma, en la que el juicio de los hijos sobre el padre es lapidario, pero incapaces ellos mismos de superar su propia mediocridad.

La vida de todos da un vuelco con la súbita aparición de un investigador estadounidense apasionado por la historia de México, quien busca datos que lo conduzcan a resolver la incógnita de la repentina y misteriosa desaparición del más importante precursor de la revolución mexicana, ocurrida en 1914 y de quien nunca más se supo nada: el gran revolucionario César Rubio.

La homonimia y el puntual conocimiento que tiene de esos episodios, hacen concebir al maestro César Rubio la idea de hacerse pasar por el héroe revolucionario desaparecido. Así que, tentado por la idea y por los miles de dólares que la empresa le reportaría, hace creer al investigador universitario que él es el personaje que busca y que le cederá las pruebas necesarias a condición de que nunca revele el hallazgo.

Sin embargo, el investigador no resiste la tentación, rompe el pacto y publica la historia. En México la revelación de la existencia del famoso revolucionario que pasó cerca de 24 años oculto bajo la fachada de un insignificante profesor universitario, provoca una conmoción política.

Por orden presidencial el líder del Partido Revolucionario de la Nación, el presidente municipal y los diputados federales visitan a César Rubio y tras pedirle pruebas de su identidad, le ofrecen competir por la candidatura a gobernador del estado, pues el actual precandidato sólo favorece a un grupo reducido de políticos y excluye al resto de los beneficios de ser gobierno.

La esposa, al tanto de la mentira, se opone y pide a César que decline el ofrecimiento, pero éste permite que la farsa continúe y acepta competir por la candidatura. Navarro, el otro precandidato del partido, enfrenta a César Rubio, le hace saber que conoce la mentira porque él mismo se encargó de asesinar al verdadero revolucionario.

Le exige que se retire de la contienda o quedará exhibido. Rubio se niega y lo amenaza a su vez con denunciar su crimen si insiste en descubrirlo. Miguel, escondido tras un sofá, es testigo de la escena y queda estupefacto al conocer la nueva impostura urdida por su padre, quien le había prometido que no haría nada que no fuera honrado. El muchacho vuelve a hundirse en el desencanto al comprobar que sigue viviendo en una mentira.

Rubio acude al plebiscito del que, debido a su popularidad, todos suponen que saldrá ungido como el candidato oficial al gobierno de la entidad. Sin embargo, un sicario contratado por Navarro lo asesina al llegar al lugar de la elección. El victimario es, a su vez, muerto por los hombres de Navarro y presentado como un “fanático católico” por los crucifijos y escapularios que le habían hecho colgarse sus contratantes.

Al enterarse, la familia queda destrozada y, aunque todos saben que Navarro es quien ordenó el homicidio, se convierte en el candidato que de inmediato se gana el apoyo del pueblo al honrar la memoria del político asesinado.

El gesticulador fue escrita en 1937; se estrenó 10 años después, el 17 de mayo de 1947 en Bellas Artes y se publicó en El hijo pródigo en 1943. Si bien el conflicto de valores humanos está presente en toda la trama, lo que aparece como telón de fondo determinando y empujando esa transgresión ética es el naciente sistema político mexicano que hacia la tercera década del siglo XX había ya tergiversado los ideales revolucionarios.

No es casual que la acción se escenifique en un estado del norte del país. Recuérdese que finalmente la revolución fue ganada por el grupo Sonora, a la cabeza del cual figuraban los generales Plutarco Elías Calles y Álvaro Obregón. De hecho, el asesinato de César Rubio, atribuido a la acción de un “fanático católico”, recuerda el asesinato de Obregón en el restaurante La bombilla, en San Ángel.

En este caso, José León Toral, catalogado de inmediato como fanático religioso, también fue ultimado en el lugar de su magnicidio, el cual, por cierto, impidió que se consumara la primera traición de los sonorenses al espíritu de la revolución y a la letra de la Constitución que impedía la reelección presidencial que se hubiera consumado si Obregón no muere en ese atentado.

Pero más allá de esa alusión histórica de la obra, lo que ésta pone de manifiesto es la forma como los ideales revolucionarios (en la pieza teatral representados por el revolucionario César Rubio) fueron posteriormente encarnados y adulterados por impostores (el maestro          César Rubio), quizá en ocasiones involuntarios, pero dispuestos a medrar con los anhelos populares en cuanto se presentara la oportunidad.

Y ello merced a un complejo, pero sutil mecanismo político que aseguraba impunidad y hasta honores a cambio de complicidades silenciosas. En un país en el que la cultura no paga –el maestro César Rubio cobraba cuatro pesos por sus clases en la universidad—el camino más rápido de ascenso en la pirámide social es la política.

Y ésta se encuentra ya tan corrompida que el sendero hacia la prosperidad económica encuentra los atajos del chantaje. De ahí que el profesor Rubio piense utilizar lo que sabe de los políticos locales para hacerse de algún hueso en el gobierno.  La posterior suplantación del héroe revolucionario le parece a César Rubio casi un acto de justicia inmanente: total, razona, “todo el mundo vive aquí de apariencias, de gestos…Y ellos sí hacen daño y viven de su mentira. Yo soy mejor que muchos de ellos. ¿Por qué no…?”.

Esa postura tomará carta de naturalización mediante la justificación instantánea de riquezas inexplicables con cargo al eufemismo aquel de “hacerle a uno justicia la Revolución” y que más tarde daría paso al cinismo conceptual que encriptaba la corrupción en la frase “vivir fuera del presupuesto es vivir en el error”.

Usigli es un perspicaz observador de los resortes que mueven la política de la época en la que escribe y la vigencia de su obra, se debe a que esos mecanismos persistirán afinados y renovados a lo largo de las siguientes siete décadas, a saber:

a) El atropello y la adecuación de la ley a las necesidades no del país sino de las ambiciones políticas personales y las necesidades coyunturales del grupo gobernante:

En este sentido, César Rubio –no se sabe si con malicia o por un sincero deseo de no llevar adelante la farsa—hace notar a los políticos que insisten en postularlo que existe un impedimento legal: la constitución prescribe que el elegido deberá acreditar una residencia de por lo menos un año en el estado y él acaba de llegar.

Lo que sigue es la más pura manifestación de la incipiente picarezca política:

–Estrella (presidente del Partido): Los gobiernos no pueden regirse por leyes de carácter general sin excepción…Deje usted al partido encargarse de legalizar la situación.

Pero como el diputado local presente en el cónclave (Salinas) manifiesta que se opondrá en la Cámara al procedimiento, Estrella saca “sus trapitos al sol” recordándole que él estaba en una situación semejante y que su elección la arregló en México (se entiende que por imposición presidencial).

Y como el diputado todavía se defiende diciendo que él no estaba en el estado por cumplir una comisión oficial, Estrella, hábil para encontrar subterfugios que hagan legal lo tramposo, le revira: Pues eso ocurre con mi general. Ha sido llamado por el señor Presidente, lo cual le confiere un carácter de comisionado.

Ante la maniobra, Salinas termina aceptando que se regirá “por la opinión de la mayoría”. Satisfecho por haber vencido la resistencia, Estrella le espeta lo que a su juicio justifica no la trasgresión de la ley, pues para él eso no se configura, sino la “legalización de una situación”: “Es usted un buen revolucionario compañero. Las mayorías apreciarán su actitud”.

b)      Nadie puede ir a contracorriente de las creencias populares. Fijada una idea en el manipulable imaginario colectivo, sin importar lo falsa que sea, adquiere rango de verdad incontrovertible.

Así, cuando Navarro amenaza con desenmascararlo ante la gente, César Rubio le grita: “¡Imbécil! No puedes luchar contra una creencia general. Para todo el Norte soy César Rubio…Anda y denúnciame. Anda y cuéntale al indio que la virgen de Guadalupe es una invención de la política española. Verás qué te dice. Soy el único César Rubio porque la gente lo quiere, lo cree así”.

c)      La simulación que convierte a quienes traicionan los anhelos populares y a los criminales en héroes nacionales.

Navarro, por ejemplo, fue hecho coronel por haber asesinado al revolucionario César Rubio, como sale a relucir en la discusión que sostiene con el maestro que ha tomado el lugar de aquél. Para rematar, éste le dice:

“¿Quién es cada uno en México? Dondequiera encuentras impostores, simuladores; asesinos disfrazados de héroes, burgueses disfrazados de líderes; ladrones disfrazados de diputados, caciques disfrazados de demócratas, charlatanes disfrazados de licenciados, demagogos disfrazados de hombres. ¿Quién les pide cuentas? Todos son unos gesticuladores hipócritas”.

Al final lo que queda claro es, en efecto, la impostura de todos: el sistema mandó asesinar al verdadero César Rubio; cuando reaparece, intenta incorporarlo de inmediato a la esfera del poder; el maestro –justificado a sí mismo porque todos son impostores, se acoge al simulacro; cuando es asesinado por los sicarios de Navarro, éste asume la candidatura y gana el reconocimiento popular al honrar la memoria del héroe caído.

La historia así, recomienza una y otra vez: los traicionados y repudiados de ayer, serán los héroes de mañana, entronizados, en una cruel paradoja, por quienes los asesinaron, pero a quienes sirven hoy como fetiches, pues, como dice Navarro al joven Miguel: “México necesita de sus héroes para vivir”. Sin importar que en ese panteón de próceres haya de todo: impostores, simuladores, gesticuladores.

El diálogo entre Navarro y Miguel con que concluye la obra es la rúbrica que muestra como en este país nadie podrá probar nunca un crimen político, un acto de corrupción, una traición al pueblo porque como cómplices, todos somos rehenes del sistema.

Navarro reta al joven Miguel: si dice usted que yo maté a César Rubio, puede que le crean, pero si luego dice que su padre era un impostor, entonces ya lo considerarán un loco. Y sí, porque el sistema en su avasallante poder corruptor es, como la casa del jabonero, en la que el que no cae resbala y en la que, además, todos tenemos cola que nos pisen.

Eso es lo que Usigli describe con maestría en su obra.

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