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Archivo para marzo 10, 2011

Educar a los topos

Educar a los topos (Anagrama, México, 2006) es el relato del escepticismo y la resistencia. Ya desde los primeros trazos Guillermo Fadanelli (México, 1963) nos anuncia la atmósfera de orfandad que dominará su tercera novela. Una atmósfera en la que sólo se sobrevive mediante “una fuerte dosis de cinismo…” (p. 10).

Esta convicción, y su corolario inevitable –la inutilidad de los convencionalismos humanos—acompañan el relato autobiográfico que el autor despliega ante el lector mediante una prosa cuyos filos calan por su precisión lacónica y humor sardónico.

Asistimos así a una crónica que mediante rupturas temporales nos conduce, a través de los recuerdos del narrador-protagonista, a los años en que, por imposición de su padre, cursó la secundaria en una academia militar; la vida de una familia –la propia–, beneficiaria tardía en los estertores del desarrollo estabilizador (con su espejismo de ascenso social incluido: el padre, se nos cuenta, ascenderá de chofer de trolebús a administrador de una editorial para después morir en la miseria); y, como telón de fondo, las tribulaciones de la ciudad de México, que al mediar la séptima década del siglo pasado enfrenta una creciente explosión demográfica que amenaza con desbordar la recién inaugurada infraestructura de transporte público masivo (metro, delfines).

La novela se puebla de símbolos en los que la academia militar deviene metáfora de la violencia y crueldad del mundo, y el ingreso en ella hará las veces de rito iniciático propiciatorio, ofrenda que –intuye el protagonista– permitirá el acceso familiar a mejores estadíos.

En efecto, expulsado a los 11 años del vientre protector representado por la casa paterna y desterrado de su barrio en la colonia Portales, el autor se encuentra sin más a merced de un mundo hostil en el que la violencia del poder y la prepotencia se hacen sentir a cada paso con inusitada crudeza (“…siempre encuentras unos ojos que te auscultan con desaprobación o una lengua que se baña en bilis para increparte por tus acciones”, p. 57) o con maltratos fuera de toda lógica (“¿Qué intenta exactamente comunicar uno cuando da un puntapié?”, p. 55).

Y sin embargo, el protagonista aceptará aquel exilio con resignación casi mística o –como le espeta uno de los oficiales—como “una jodida marioneta…que no decide sobre su propia vida” (p.101).

Esa misma pasividad, ese abandonarse al capricho del destino y remitir a la acción del tiempo la resolución de los dilemas ordinarios, le impedirá más tarde organizar los trámites del funeral de su padre y, ya en el colmo de la renuncia y la negación, incumplir el último deseo de la madre.

El cadete Fadanelli aprenderá muy pronto que para sobrevivir en medio de aquel atado de bestias (no es casual la recurrente alusión a los animales siempre que se refiere a los militares y cadetes) era necesario “pasar inadvertido…hacerse un mediocre, buscar un rincón para permanecer inmóvil, llevar la cabeza gacha” (p. 77).

Se trata de un cinismo asumido plenamente y cuya médula es doble: una actitud arrogante (yo no soy de aquí, no soy como ustedes, no pertenezco ni me interesa su mundo infame), y una ira soterrada que se manifiesta en una sorda disputa contra quien cada mañana lo hunde en aquel inframundo: el padre.

Con su silencio estoico y ninguna queja, el muchacho –Adán desterrado de su añorado paraíso– le demuestra cada día que acepta el reto, que no regresará al útero materno y que puede aguantar la expulsión que se le impuso sin que mediara pecado original alguno.

A fin de cuentas el rito iniciático se cumple, pero las culpas jamás se redimen. Véase la imagen que cada mañana ofrece el padre al hijo cuando lo deja en el colegio: “Tuve la sensación de que huía, como el que deja a un recién nacido a las puertas de una casa extraña y quiere olvidar para siempre su acto rastrero” (p. 68).

Escenario sobre el que transcurre la cotidianeidad del protagonista, la ciudad de México se convierte en personaje inevitable del relato. Si ya José Emilio Pacheco nos había mostrado desde sus Batallas en el desierto los inicios de la colonia Roma hacia 1948, Fadanelli nos entrega un fresco de una ciudad de los 70 acuciada por problemas demográficos con cargo a las olas de inmigrantes provincianos, y en la que el rumor es arma política contra un gobierno que pasó de los devaneos socialistas a los desplantes autoritarios y que en pocos años inauguraría las recurrentes crisis finsexenales.

Época del ascenso de las clases medias y su acceso a la modernidad por la vía de  adquisiciones emblemáticas: refrigeradores Kelvinator, lavadoras automáticas Hoover, aspiradoras Koblenz, licuadoras Osterizer, de boilers Calorex que sustituyen a los calentadores de agua alimentados por combustibles rellenos de aserrín

Tiempos en que las familias se reúnen cada noche frente al televisor y los padres escuchan estaciones de radio como 620 (“la música que llegó para quedarse”); de pantalones acampanados comprados en las tiendas Milano (“donde se viste el paisano”, como decretaba el autodenigratorio eslogan popular), de apacibles tardes sabatinas en el hoy desaparecido cine Álamos, en la calzada de Tlalpan.

Y por supuesto de cultura que, a falta de mejores asideros, se contentaba con llenar libreros con enciclopedias como Grolier y Quillet.

Tal la atmósfera de esta novela, cuya lectura reserva al lector un estimulante encuentro con un personaje nada ordinario que enjuicia la vida con un humor fraguado al contacto con situaciones sociales absurdas e incomprensibles (“Es un privilegio que existan personas como mi primo que saben cómo comportarse en los velorios ¿dónde aprenden a comportarse así?”) (p. 14).

Con todo, no se trata de una novela amarga; más bien, de un relato tejido de provocaciones que ponen en jaque el sentido convencional con que suelen considerarse las cosas. Acaso en ello radique la razón que mantiene al lector cosido a una trama que de otra forma parecería inocua.

En ese logro tiene también parte sin duda la originalidad con la que el autor dispara, aquí y allá, descripciones que se antojarían imposibles (“…un hombre sin huesos, embarrado a una diminuta espalda de hombros caídos…”), pero cuya mordacidad y humor corrosivo le dan al relato ese tono de ajuste de cuentas con un pasado y una realidad agobiante, ante la cual el escepticismo es posibilidad de sobrevivencia.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

México, D.F., 1 de marzo de 2011

 

 

 

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