Usigli: el gesticulador
Fiel a su concepción de que lo más importante del hecho teatral es el conflicto, Rodolfo Usigli representó en El gesticulador, acaso el más grande que acucia al ser nacional: la simulación.
Si el engaño es una actitud ética condenable, tanto en la vida pública como en la privada, la obra muestra el grado en que la primera puede influir en la segunda. Es decir, la forma en que en México las prácticas políticas conforman la moral de las personas haciéndolas actuar a partir de premisas equívocas, si bien explicables por el contexto y las circunstancias sociales en que ocurren.
Así, el autor coloca a sus personajes realizando acciones ante las que el público queda enfrentado mediante una pregunta imaginaria, pero nada retórica: “¿Y usted qué haría?”.
La tensión dramática no sólo está dada por ese recurso que pone en jaque la conciencia personal del espectador, sino porque, sin llegar a constituir un planteamiento psicologista, nos muestra en escena la evolución moral de los personajes y cómo van quedando atrapados, aun a despecho de su propia voluntad, en la invisible red de complicidades, valores entendidos y mascaradas mediante los que el llamado sistema político conforma y manipula el imaginario popular, sus anhelos y nos salpica con los tentáculos de la corrupción.
La anécdota es conocida:
César Rubio –un maestro universitario poco valorado, a pesar de su profundo conocimiento de la revolución mexicana– se muda con su familia al norte de México.
Presionado por su esposa (Elena) y por sus hijos (Julia y Miguel) quienes lo consideran un fracasado, decide, contra el deseo familiar, abandonar la ciudad de México y probar suerte en su pueblo natal donde está seguro que cambiará su vida.
El hijo, una especie de conciencia crítica del padre, está obsesionado con la búsqueda de la verdad, pues se dice cansado de la simulación en que han vivido en la capital tratando infructuosamente de ocultar su condición de pobres, reprocha al progenitor los motivos “inconfesables” del viaje: ingresar a la política local valiéndose del conocimiento que tiene de las transas de los políticos de la región.
Desde el principio asistimos al drama de una familia que rumia su pobreza y culpa al padre de sus propios fracasos, pues Miguel es un estudiante mediocre que nunca consiguió nada en la universidad y Julia, una joven que se considera fea e incapaz por ello de retener el amor de su vida.
Se trata de una familia enfrentada, inconforme consigo misma, en la que el juicio de los hijos sobre el padre es lapidario, pero incapaces ellos mismos de superar su propia mediocridad.
La vida de todos da un vuelco con la súbita aparición de un investigador estadounidense apasionado por la historia de México, quien busca datos que lo conduzcan a resolver la incógnita de la repentina y misteriosa desaparición del más importante precursor de la revolución mexicana, ocurrida en 1914 y de quien nunca más se supo nada: el gran revolucionario César Rubio.
La homonimia y el puntual conocimiento que tiene de esos episodios, hacen concebir al maestro César Rubio la idea de hacerse pasar por el héroe revolucionario desaparecido. Así que, tentado por la idea y por los miles de dólares que la empresa le reportaría, hace creer al investigador universitario que él es el personaje que busca y que le cederá las pruebas necesarias a condición de que nunca revele el hallazgo.
Sin embargo, el investigador no resiste la tentación, rompe el pacto y publica la historia. En México la revelación de la existencia del famoso revolucionario que pasó cerca de 24 años oculto bajo la fachada de un insignificante profesor universitario, provoca una conmoción política.
Por orden presidencial el líder del Partido Revolucionario de la Nación, el presidente municipal y los diputados federales visitan a César Rubio y tras pedirle pruebas de su identidad, le ofrecen competir por la candidatura a gobernador del estado, pues el actual precandidato sólo favorece a un grupo reducido de políticos y excluye al resto de los beneficios de ser gobierno.
La esposa, al tanto de la mentira, se opone y pide a César que decline el ofrecimiento, pero éste permite que la farsa continúe y acepta competir por la candidatura. Navarro, el otro precandidato del partido, enfrenta a César Rubio, le hace saber que conoce la mentira porque él mismo se encargó de asesinar al verdadero revolucionario.
Le exige que se retire de la contienda o quedará exhibido. Rubio se niega y lo amenaza a su vez con denunciar su crimen si insiste en descubrirlo. Miguel, escondido tras un sofá, es testigo de la escena y queda estupefacto al conocer la nueva impostura urdida por su padre, quien le había prometido que no haría nada que no fuera honrado. El muchacho vuelve a hundirse en el desencanto al comprobar que sigue viviendo en una mentira.
Rubio acude al plebiscito del que, debido a su popularidad, todos suponen que saldrá ungido como el candidato oficial al gobierno de la entidad. Sin embargo, un sicario contratado por Navarro lo asesina al llegar al lugar de la elección. El victimario es, a su vez, muerto por los hombres de Navarro y presentado como un “fanático católico” por los crucifijos y escapularios que le habían hecho colgarse sus contratantes.
Al enterarse, la familia queda destrozada y, aunque todos saben que Navarro es quien ordenó el homicidio, se convierte en el candidato que de inmediato se gana el apoyo del pueblo al honrar la memoria del político asesinado.
El gesticulador fue escrita en 1937; se estrenó 10 años después, el 17 de mayo de 1947 en Bellas Artes y se publicó en El hijo pródigo en 1943. Si bien el conflicto de valores humanos está presente en toda la trama, lo que aparece como telón de fondo determinando y empujando esa transgresión ética es el naciente sistema político mexicano que hacia la tercera década del siglo XX había ya tergiversado los ideales revolucionarios.
No es casual que la acción se escenifique en un estado del norte del país. Recuérdese que finalmente la revolución fue ganada por el grupo Sonora, a la cabeza del cual figuraban los generales Plutarco Elías Calles y Álvaro Obregón. De hecho, el asesinato de César Rubio, atribuido a la acción de un “fanático católico”, recuerda el asesinato de Obregón en el restaurante La bombilla, en San Ángel.
En este caso, José León Toral, catalogado de inmediato como fanático religioso, también fue ultimado en el lugar de su magnicidio, el cual, por cierto, impidió que se consumara la primera traición de los sonorenses al espíritu de la revolución y a la letra de la Constitución que impedía la reelección presidencial que se hubiera consumado si Obregón no muere en ese atentado.
Pero más allá de esa alusión histórica de la obra, lo que ésta pone de manifiesto es la forma como los ideales revolucionarios (en la pieza teatral representados por el revolucionario César Rubio) fueron posteriormente encarnados y adulterados por impostores (el maestro César Rubio), quizá en ocasiones involuntarios, pero dispuestos a medrar con los anhelos populares en cuanto se presentara la oportunidad.
Y ello merced a un complejo, pero sutil mecanismo político que aseguraba impunidad y hasta honores a cambio de complicidades silenciosas. En un país en el que la cultura no paga –el maestro César Rubio cobraba cuatro pesos por sus clases en la universidad—el camino más rápido de ascenso en la pirámide social es la política.
Y ésta se encuentra ya tan corrompida que el sendero hacia la prosperidad económica encuentra los atajos del chantaje. De ahí que el profesor Rubio piense utilizar lo que sabe de los políticos locales para hacerse de algún hueso en el gobierno. La posterior suplantación del héroe revolucionario le parece a César Rubio casi un acto de justicia inmanente: total, razona, “todo el mundo vive aquí de apariencias, de gestos…Y ellos sí hacen daño y viven de su mentira. Yo soy mejor que muchos de ellos. ¿Por qué no…?”.
Esa postura tomará carta de naturalización mediante la justificación instantánea de riquezas inexplicables con cargo al eufemismo aquel de “hacerle a uno justicia la Revolución” y que más tarde daría paso al cinismo conceptual que encriptaba la corrupción en la frase “vivir fuera del presupuesto es vivir en el error”.
Usigli es un perspicaz observador de los resortes que mueven la política de la época en la que escribe y la vigencia de su obra, se debe a que esos mecanismos persistirán afinados y renovados a lo largo de las siguientes siete décadas, a saber:
a) El atropello y la adecuación de la ley a las necesidades no del país sino de las ambiciones políticas personales y las necesidades coyunturales del grupo gobernante:
En este sentido, César Rubio –no se sabe si con malicia o por un sincero deseo de no llevar adelante la farsa—hace notar a los políticos que insisten en postularlo que existe un impedimento legal: la constitución prescribe que el elegido deberá acreditar una residencia de por lo menos un año en el estado y él acaba de llegar.
Lo que sigue es la más pura manifestación de la incipiente picarezca política:
–Estrella (presidente del Partido): Los gobiernos no pueden regirse por leyes de carácter general sin excepción…Deje usted al partido encargarse de legalizar la situación.
Pero como el diputado local presente en el cónclave (Salinas) manifiesta que se opondrá en la Cámara al procedimiento, Estrella saca “sus trapitos al sol” recordándole que él estaba en una situación semejante y que su elección la arregló en México (se entiende que por imposición presidencial).
Y como el diputado todavía se defiende diciendo que él no estaba en el estado por cumplir una comisión oficial, Estrella, hábil para encontrar subterfugios que hagan legal lo tramposo, le revira: Pues eso ocurre con mi general. Ha sido llamado por el señor Presidente, lo cual le confiere un carácter de comisionado.
Ante la maniobra, Salinas termina aceptando que se regirá “por la opinión de la mayoría”. Satisfecho por haber vencido la resistencia, Estrella le espeta lo que a su juicio justifica no la trasgresión de la ley, pues para él eso no se configura, sino la “legalización de una situación”: “Es usted un buen revolucionario compañero. Las mayorías apreciarán su actitud”.
b) Nadie puede ir a contracorriente de las creencias populares. Fijada una idea en el manipulable imaginario colectivo, sin importar lo falsa que sea, adquiere rango de verdad incontrovertible.
Así, cuando Navarro amenaza con desenmascararlo ante la gente, César Rubio le grita: “¡Imbécil! No puedes luchar contra una creencia general. Para todo el Norte soy César Rubio…Anda y denúnciame. Anda y cuéntale al indio que la virgen de Guadalupe es una invención de la política española. Verás qué te dice. Soy el único César Rubio porque la gente lo quiere, lo cree así”.
c) La simulación que convierte a quienes traicionan los anhelos populares y a los criminales en héroes nacionales.
Navarro, por ejemplo, fue hecho coronel por haber asesinado al revolucionario César Rubio, como sale a relucir en la discusión que sostiene con el maestro que ha tomado el lugar de aquél. Para rematar, éste le dice:
“¿Quién es cada uno en México? Dondequiera encuentras impostores, simuladores; asesinos disfrazados de héroes, burgueses disfrazados de líderes; ladrones disfrazados de diputados, caciques disfrazados de demócratas, charlatanes disfrazados de licenciados, demagogos disfrazados de hombres. ¿Quién les pide cuentas? Todos son unos gesticuladores hipócritas”.
Al final lo que queda claro es, en efecto, la impostura de todos: el sistema mandó asesinar al verdadero César Rubio; cuando reaparece, intenta incorporarlo de inmediato a la esfera del poder; el maestro –justificado a sí mismo porque todos son impostores, se acoge al simulacro; cuando es asesinado por los sicarios de Navarro, éste asume la candidatura y gana el reconocimiento popular al honrar la memoria del héroe caído.
La historia así, recomienza una y otra vez: los traicionados y repudiados de ayer, serán los héroes de mañana, entronizados, en una cruel paradoja, por quienes los asesinaron, pero a quienes sirven hoy como fetiches, pues, como dice Navarro al joven Miguel: “México necesita de sus héroes para vivir”. Sin importar que en ese panteón de próceres haya de todo: impostores, simuladores, gesticuladores.
El diálogo entre Navarro y Miguel con que concluye la obra es la rúbrica que muestra como en este país nadie podrá probar nunca un crimen político, un acto de corrupción, una traición al pueblo porque como cómplices, todos somos rehenes del sistema.
Navarro reta al joven Miguel: si dice usted que yo maté a César Rubio, puede que le crean, pero si luego dice que su padre era un impostor, entonces ya lo considerarán un loco. Y sí, porque el sistema en su avasallante poder corruptor es, como la casa del jabonero, en la que el que no cae resbala y en la que, además, todos tenemos cola que nos pisen.
Eso es lo que Usigli describe con maestría en su obra.
Gen produce bacteria resistente a antibióticos
El gene NDM1, el cual crea lo que algunos expertos describen como un súper microbio, se ha esparcido a gèrmenes causantes de cólera y disentería, y está circulando libremente en la capital de India, en la que habitan unas 14 millones de personas, afirmaron investigadores.
Los habitantes de Nueva Delhi están continuamente expuestos a estupefacientes multiresistentes y al NDM1, dijo Mark Toleman del Britain’s Cardiff University School of Medicine, quien publicó este jueves el hallazgo en un estudio.
Un substancial número de ellos están consumiendo tal bacteria diariamente, dijo en una sesión informativa en Londres. “Creemos que hemos descubierto una muy significativa y oculta fuente de NDM1 en la ciudad capital de India”, dijo.
NDM1 o Nueva Delhi metallo-beta-lactamase 1 produce bacterias resistentes a casi todos los antibióticos, incluido el más poderoso, llamado carbapenems. El primero surgió en India hace tres años, pero ahora se ha esparcido por todo el mundo. Ha sido encontrado en una amplia variedad de bacterias, incluidos patógenos ya conocidos como Escherichia coli (E. coli).
No se vislumbran nuevos fármacos en el horizonte que permitan atacarl, y los expertos están preocupados de que sólo unas pocas de las grandes compañías farmacéuticos, como GlaxoSmithKline y AstraSeneca cuentan todavía con fuertes programas para el desarrollo de antibióticos.
El estudio Toleman, realizado junto con el investigador del Cardiff University, Timothy Walsh, y publicado en The Lancet, Diario de Enfermedades Infecciosas, investigó como el NDM 1 se filtra hasta los basureros comunitarios, tales como los charcos de agua o a los riachuelos en las calles y a los grifos de agua en la zona urbana de Nueva Delhi.
Los investigadores recolectaron 171 muestras de filtraciones de agua y 51 muestras de agua de grifos públicos, en un radio de 12 kilómetros del centro de Nueva Delhi, entre septiembre y octubre de 2010.
El gen NDM1 fue encontrado en dos de las muestras de agua para beber y en 51 de las muestras de agua filtrada. “La expectativa que tenemos es que al menos medio millón de personas tiene la bacteria en su intestino como flora normal sólo en Nueva Delhi, dijo Toleman.
Los expertos dicen que la diseminación del súpermicrobio amenaza la envoltura completa de la medicina moderna, la cual no puede ser practicada si los doctores no cuentan con efectivos antibióticos para detener infecciones durante intervenciones quirúrgicas, cuidados intensivos o tratamientos de cáncer, como la quimioterapia.
En un comentario acerca del hallazgo de Walsh y Toleman, Mohd Shahid, del Jawaharlal Nehru Medical College y Hospital en Uttar Pradesh, de India, dijo que será necesaria una acción global.
“El potencial de diseminación internacional del NDM1 es real y no debería ser ignorado”, escribió.
La Organización Mundial de la Salud ha designado el 7 de abril como el Día Mundial de la Salud y bajo el eslogan “Si no se actúa hoy no hay cura mañana” está haciendo una campaña acerca del riesgo en que estaría la salvación de vidas si los antibióticos pierden su poder curativo.
“Estamos en un punto crítico en el que la resistencia a los antibióticos está alcanzando niveles sin precedentes”, dijo Zsuzsanna Jakab, directora regional para Europa de la OMS.
“Dado el incremento de los viajes y el comercio entre Europa y el mundo, la gente debería estar consciente de que hasta que todos los países enfrenten esto, ningún país puede estar seguro.
FUENTE: Reuters. Editing by Ben Hirschler.
Traducida por Jaime Rosales
Educar a los topos
Educar a los topos (Anagrama, México, 2006) es el relato del escepticismo y la resistencia. Ya desde los primeros trazos Guillermo Fadanelli (México, 1963) nos anuncia la atmósfera de orfandad que dominará su tercera novela. Una atmósfera en la que sólo se sobrevive mediante “una fuerte dosis de cinismo…” (p. 10).
Esta convicción, y su corolario inevitable –la inutilidad de los convencionalismos humanos—acompañan el relato autobiográfico que el autor despliega ante el lector mediante una prosa cuyos filos calan por su precisión lacónica y humor sardónico.
Asistimos así a una crónica que mediante rupturas temporales nos conduce, a través de los recuerdos del narrador-protagonista, a los años en que, por imposición de su padre, cursó la secundaria en una academia militar; la vida de una familia –la propia–, beneficiaria tardía en los estertores del desarrollo estabilizador (con su espejismo de ascenso social incluido: el padre, se nos cuenta, ascenderá de chofer de trolebús a administrador de una editorial para después morir en la miseria); y, como telón de fondo, las tribulaciones de la ciudad de México, que al mediar la séptima década del siglo pasado enfrenta una creciente explosión demográfica que amenaza con desbordar la recién inaugurada infraestructura de transporte público masivo (metro, delfines).
La novela se puebla de símbolos en los que la academia militar deviene metáfora de la violencia y crueldad del mundo, y el ingreso en ella hará las veces de rito iniciático propiciatorio, ofrenda que –intuye el protagonista– permitirá el acceso familiar a mejores estadíos.
En efecto, expulsado a los 11 años del vientre protector representado por la casa paterna y desterrado de su barrio en la colonia Portales, el autor se encuentra sin más a merced de un mundo hostil en el que la violencia del poder y la prepotencia se hacen sentir a cada paso con inusitada crudeza (“…siempre encuentras unos ojos que te auscultan con desaprobación o una lengua que se baña en bilis para increparte por tus acciones”, p. 57) o con maltratos fuera de toda lógica (“¿Qué intenta exactamente comunicar uno cuando da un puntapié?”, p. 55).
Y sin embargo, el protagonista aceptará aquel exilio con resignación casi mística o –como le espeta uno de los oficiales—como “una jodida marioneta…que no decide sobre su propia vida” (p.101).
Esa misma pasividad, ese abandonarse al capricho del destino y remitir a la acción del tiempo la resolución de los dilemas ordinarios, le impedirá más tarde organizar los trámites del funeral de su padre y, ya en el colmo de la renuncia y la negación, incumplir el último deseo de la madre.
El cadete Fadanelli aprenderá muy pronto que para sobrevivir en medio de aquel atado de bestias (no es casual la recurrente alusión a los animales siempre que se refiere a los militares y cadetes) era necesario “pasar inadvertido…hacerse un mediocre, buscar un rincón para permanecer inmóvil, llevar la cabeza gacha” (p. 77).
Se trata de un cinismo asumido plenamente y cuya médula es doble: una actitud arrogante (yo no soy de aquí, no soy como ustedes, no pertenezco ni me interesa su mundo infame), y una ira soterrada que se manifiesta en una sorda disputa contra quien cada mañana lo hunde en aquel inframundo: el padre.
Con su silencio estoico y ninguna queja, el muchacho –Adán desterrado de su añorado paraíso– le demuestra cada día que acepta el reto, que no regresará al útero materno y que puede aguantar la expulsión que se le impuso sin que mediara pecado original alguno.
A fin de cuentas el rito iniciático se cumple, pero las culpas jamás se redimen. Véase la imagen que cada mañana ofrece el padre al hijo cuando lo deja en el colegio: “Tuve la sensación de que huía, como el que deja a un recién nacido a las puertas de una casa extraña y quiere olvidar para siempre su acto rastrero” (p. 68).
Escenario sobre el que transcurre la cotidianeidad del protagonista, la ciudad de México se convierte en personaje inevitable del relato. Si ya José Emilio Pacheco nos había mostrado desde sus Batallas en el desierto los inicios de la colonia Roma hacia 1948, Fadanelli nos entrega un fresco de una ciudad de los 70 acuciada por problemas demográficos con cargo a las olas de inmigrantes provincianos, y en la que el rumor es arma política contra un gobierno que pasó de los devaneos socialistas a los desplantes autoritarios y que en pocos años inauguraría las recurrentes crisis finsexenales.
Época del ascenso de las clases medias y su acceso a la modernidad por la vía de adquisiciones emblemáticas: refrigeradores Kelvinator, lavadoras automáticas Hoover, aspiradoras Koblenz, licuadoras Osterizer, de boilers Calorex que sustituyen a los calentadores de agua alimentados por combustibles rellenos de aserrín
Tiempos en que las familias se reúnen cada noche frente al televisor y los padres escuchan estaciones de radio como 620 (“la música que llegó para quedarse”); de pantalones acampanados comprados en las tiendas Milano (“donde se viste el paisano”, como decretaba el autodenigratorio eslogan popular), de apacibles tardes sabatinas en el hoy desaparecido cine Álamos, en la calzada de Tlalpan.
Y por supuesto de cultura que, a falta de mejores asideros, se contentaba con llenar libreros con enciclopedias como Grolier y Quillet.
Tal la atmósfera de esta novela, cuya lectura reserva al lector un estimulante encuentro con un personaje nada ordinario que enjuicia la vida con un humor fraguado al contacto con situaciones sociales absurdas e incomprensibles (“Es un privilegio que existan personas como mi primo que saben cómo comportarse en los velorios ¿dónde aprenden a comportarse así?”) (p. 14).
Con todo, no se trata de una novela amarga; más bien, de un relato tejido de provocaciones que ponen en jaque el sentido convencional con que suelen considerarse las cosas. Acaso en ello radique la razón que mantiene al lector cosido a una trama que de otra forma parecería inocua.
En ese logro tiene también parte sin duda la originalidad con la que el autor dispara, aquí y allá, descripciones que se antojarían imposibles (“…un hombre sin huesos, embarrado a una diminuta espalda de hombros caídos…”), pero cuya mordacidad y humor corrosivo le dan al relato ese tono de ajuste de cuentas con un pasado y una realidad agobiante, ante la cual el escepticismo es posibilidad de sobrevivencia.
México, D.F., 1 de marzo de 2011
